Aragón: uno de cada diez aragoneses es ludópata, la tasa más alta de españa Imprimir
Escrito por Administrator   
Jueves 01 de Abril de 2010 18:34

“Mi vida acabó reduciéndose a pensar cómo conseguir dinero para jugármelo” así describe María su día a día durante los 20 años que estuvo enganchada al juego. ella es ludópata y lleva tres meses en uno de los grupos de rehabilitación de la asociación Asajer, una organización sin ánimo de lucro que trabaja con adictos al juego.

Como María, más de 100.000 personas son ludópatas en Aragón, según el Estudio Epidemiológico de la ludopatía del año 2002. teniendo en cuenta que la población de la Comunidad Autónoma se acerca a 1.200.000 habitantes, se deduce que esta adicción afecta a uno de cada diez aragoneses que, por edad, puede jugar, ya que el estudio no contabiliza a los niños y a los ancianos. Una tasa que sitúa a Aragón a la cabeza en el ámbito nacional.

“La falta de ofertas de ocio contribuye a que más personas se enganchen a los juegos de azar, pero no hay razones consistentes que expliquen por qué el índice de ludópatas es tan alto en Aragón”, apunta la directora de Asajer, Esther Aguado. “Cada caso es particular-añade-, y siempre hay algún problema de base que lleva a la persona a utilizar el juego como escape”. “ A mí el juego no me divertía en exceso- dice María-, simplemente me permitía pasar un rato sin pensar en mis problemas”.

Las terapias de grupo que organiza Asajer buscan la raíz de estos problemas, durante los 18 meses que dura el tratamiento. Actualmente, 135 personas asisten a las sesiones de grupo con psicólogos. También los familiares del adicto tienen su propia terapia. “El ludópata es un enfermo, y la familia tiene que aprender a cuidarlo”, manifiesta Aguado. “ La principal consigna que debe tener en cuenta es la dureza para que sigan el tratamiento”, concluye.

En cuanto a la franja de edad que mayor porcentaje de adictos al juego presenta, más del 60 por ciento está entre los 25 y los 40 años. Pero el problema de la ludopatía , que puede solucionarse con una ayuda adecuada y a tiempo, no afecta sólo a personas mayores, y José Ramón es buen ejemplo de ello. A sus 26 años, este joven lleva 16 meses asistiendo a la terapia de Asajer. “La gente se sorprende al saber que soy ludópata-revela-, no se da cuenta de las grandes posibilidades de engancharnos que tenemos los jóvenes”.

Su historia con lo juegos comenzó en los recreativos, con 14 años. “Empiezas a jugar, ves que te toca, que así olvidas tus problemas y te vas enganchando”, relata. “Yo me daba cuenta de que tenía un problema-continúa-, pero mis amigos me decían que no era para tanto, y yo no me atrevía a dar l paso de ponerle remedio”. Al final fue su novia quien le convenció de que fuese a Azajer, donde entró por propia voluntad. “Antes estaba siempre amargado y ahora vuelvo a disfrutar de la vida”, asegura.

La mayoría de los ludópatas no acude en busca de ayuda por propia iniciativa, como José Ramón. “Por lo general, vienen cuando una persona les empuja”, aclara Aguado. “Sabes que tienes un problema, pero te convences de que lo puedes superar sola, que lo controlas”, subraya María. Esta mujer de 40 años perdió su empleo por causa del juego y casi pierde también a su familia. “Yo he dejado de hacerles la cena a mis dos hijos por ir a jugar. El juego se transforma en una auténtica droga”, reconoce.

El recurso de la mentira:

“Lo más doloroso es esa persona paralela que creas, porque al final te olvidas de quien eres realmente”. Las palabras de María definen una de las peores realidades que rodean la vida de los ludópatas, que, como sentencia Esther Aguado, “se mantiene de dineros y mentiras”. “Te pones una careta para engañar y conseguir dinero; no eres tú misma”, admite María.

A la mentira se suma, en la mayoría de los casos, la vergüenza. “Cuando están jugando en la máquina apenas les importa que les vean, pero cuando reconocen el problema sí sientes vergüenza”, explica Aguado. “ Confesarles a mis compañeros de trabajo que era ludópata para que no me dejaran manipular dinero de la empresa me costó muchas lágrimas, -asegura María-, pero ahora veo que mereció la pena”.

(15 de Septiembre de 2003)